sábado, 16 de abril de 2011

Matar al paciente

Imagine la siguiente situación: hay un paciente enfermo con una bacteria muy difícil de tratar. La bacteria parece estar ganando la batalla y por más que los médicos intentan diferentes alternativas, no logran matarla. ¿Qué pueden hacer? Una opción, claro, es matar al paciente, y de ese modo, la bacteria morirá tarde o temprano. Escrito así es fácil ver lo estúpido que es la alternativa de matar al paciente. ¡Claro que así moriría la bacteria! ¡Pero así no ganamos nada! Sin embargo, veo día a día el mismo modo de proceder. Probablemente no matar al paciente para eliminar la bacteria, pero sí en otros ámbitos, tanto en la vida individual de personas como en empresas y organizaciones de todo tipo.

La cultura tiene una enorme influencia. Detrás de los comportamientos se esconden las actitudes. Y un poco más profundo están los valores que impulsan a la persona o empresa. Y más profundo aún, se esconden las creencias. En la edición on line del diario La Nación podemos encontrar una serie de notas a inmigrantes de países que en la actualidad no están enviando emigrantes a nuestro país, aunque sí lo hicieron en cantidades masivas en el pasado. Me llamó la atención un titular en particular: “Me fascina esa cosa tan argentina de lo trucho”. Un día después encontré otro artículo: “Restringen la publicidad de campaña de la oposición”, en donde el Gobierno fijó fuertes límites a la publicidad que otros partidos políticos pueden hacer de cara a las elecciones, pero que estos límites no rigen para el oficialismo. Creo que a nadie sorprenderá una noticia de este tono. Y veo también que ambas están íntimamente relacionadas y reflejan lo mismo. Los latinoamericanos, especialmente los argentinos, quieren atajos que violen las reglas. Pero la violación constante de estas reglas destruyen nuestro medio. De nuevo, matamos al paciente para matar la bacteria. Queremos una pequeña ventaja, “ser vivos”, y no nos damos cuenta del daño que nos hacemos.

Enfrentémoslo. Tomamos malas decisiones. Y lo podemos verificar en las consecuencias. Podríamos hacer una larga lista de razones: entre otras, falta de pensamiento, errores de pensamiento, pereza, errores de cálculo. Y pienso que existe en nuestro ámbito una constante amenaza a nuestra inteligencia de querer un atajo para ganar una pequeña ventaja. Y de ese modo el daño total que producimos es mayor al beneficio obtenido.

¿Qué podemos hacer entonces? Me gustaría compartir tres ideas que pueden ayudarnos.

Pensemos en el bien mayor. Cada pequeño atajo que tomamos, cada acto corrupto o cada “avivada” parece generarnos una pequeña ventaja. Sin embargo, el mal que genera es mayor al que imaginamos. Por el otro lado, si pensamos cuál es el bien mayor que podemos generar o obtener, enseguida vemos mejores consecuencias. ¿Por qué será que nosotros, que somos tan “vivos”, que podemos hacer “trucho” cualquier cosa, nos va tan mal? ¿Mientras que a otros países, cuyos ciudadanos parecen ingenuos, que siempre siguen las reglas y la honestidad, les van mucho mejor?

Pensemos en el largo plazo. Matar al paciente es pensar en el corto plazo. Solo si lenvantamos la mirada un instante y miramos más allá nos damos cuenta de otros aspectos. Y estos otros aspectos son quienes nos dicen las consecuencias que pueden tener nuestros actos.

Pensemos en todas las consecuencias. Si pensamos solo en las consecuencias inmediatas y más previsibles (¡o no pensamos en absoluto!), nos parece que una acción puede ser la mejor. En cambio, si pensamos en todas las consecuencias posibles, nos damos cuenta de lo que realmente nos puede pasar. No necesitamos ser expertos en teoría de la decisión ni tener experiencia construyendo árboles de decisiones para darnos cuenta que si matamos al paciente no solo mataremos la bacteria.

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